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pokit in a pocket

pensando en off

pensando en off

Pienso en la oscuridad de una mirada que iluminaba los adentros. Recuerdo bien la dirección de unos ojos que nunca miraron al mar, pero que guardaban mil tempestades de la vida. Se presentaron tímidos, incapaces de llegar más allá de su propio horizonte, pero curiosos ante las fronteras que se pierden tres pasos por delante de las banderas. Su brillo hablaba otro acento, bailaba otras músicas, comía en la tierra de otras bocas lejanas, pero habitaba el pan necesario de cada día nuestro.
Con ella podría ser que el último trago se secase en la boca, pero nunca ocurrió que su sudor no se mojase del mío, ni que los días no se alargaran caminándola por las afueras.

© pokit in a pocket 2004. “pensando en off”

reincidencia

reincidencia

El aire corre, por el sol de la habitación,
levantando del suelo la sonrisas posadas
en unos labios que se muerden los besos.

Tramposas, las horas se aceleran vacías
de dos segundos que le dan la espalda
al escenario redondo donde se mata
a tiempo, el tiempo dividido en dos.

Sé que podría entender el idioma
que se habla mirando a los ojos,
o que podrían ser rojos los días grises
dispersos en el bucle del almanaque marfil.

Conozco la humedad del oráculo disidente,
el frío de las celdas que encarcelan el hambre
y el derecho a un mañana desayunado
poro a poro, y saliva con saliva, en la piel de la piel.

© pokit in a pocket 2004 "reincidencia"

d.n.i.

Soy el primer gran inadaptado de la historia. No encuentro mi sitio en ningún lugar; ni en el club de golf, ni en los estercoleros de los extrarradios de la ciudad. Nunca digo la palabra apropiada, más bien todo lo contrario, y suelo opinar inopinadamente cuando todo invita a callar. Tengo unos bolsillos rotos en los que me cabe el tiempo justo de cada día, por eso nunca llevo reloj, porque voy sacando el tiempo necesario con las manos. Unas veces sólo saco segundos, otras veces horas, y cuando no me gusta el color de las noches, entonces saco tiempo gastado, y me duermo en él.

pokit in a pocket

única función

única función

Se encontraban, en el escenario, cuando la función se perdía por la oscuridad de los decorados que llevaban hasta el paseo del río.
La razón no fue motivo de debate, no había nada razonablemente estable en aquel baile entre la lógica y la piel. La sensación de vértigo se pavoneaba, de dulce a salada, por el “sí” indecoroso, y el “no”, aburridamente rutinario. Asomando el brillo lo justo, y escondiéndolo, inmediato, en el bolsillo del atrevimiento a medias.
En el patio de butacas el mundo era un lugar de paso hacia alguna parte, y el foso de músicos protegía del color del hastío a esa tierra que no se escribiría, jamás, en un mapa. Eran exiliados por motivos obvios, refugiados anímicos, perseguidos por regímenes de iglesia, de sociedad y costumbre, confesos de soñar para no cerrar antes de tiempo por defunción.
El telón permanecía en alto, solemnemente aterciopelado en rojo y oro. El guión se iba escribiendo con los pequeños recuerdos cómplices. También con los reproches costosos de cerrar, y que no denotaban mucho dolor (aunque tampoco la ausencia de él), si acaso, curiosidad hacia aquella especie de prohibición.
Las frases eran frases temiblemente indecisas, que aún estaban por decir, y la piel no quería entender de discursos por miedo a volver a vestir un cuerpo lleno de vacío.
En una vida que se emborronaba con la moral, y con la doctrina de los que nunca sufrieron, aquellas tablas eran el único lugar donde la posibilidad de quebrar a la suerte, donde escenificar todo ese silencio que ya era un clamor, se mostraba más real.
Vestidos con la desconocida inquietud que tienen los que se conocieron a conciencia, se desnudaron del lastre sumador de prejuicios, y actuaron a espaldas de sus propias vidas conocidas. Sus ropas, tal vez, eran estrafalarias, pero tan vestidas, como desnudos de joyas eran los aplausos amables que cantaba el gallinero.
-“Y ahora, ya ves, me dedico a torcer los caminos perdidos. A sembrar el comienzo del final, que no siempre pudo ser feliz, pero que siguió bebiendo de mi café cada mañana-”
Era la frase que daba pie a la siguiente... y la siguiente tropezó con el recuerdo de la respiración enfrentada en la que se encontraron tantas veces, cayendo sobre los poros de aquel preciso instante. No pensaron en que deberían pensar, y representaron en una única función, todas las que la vida les dejó a deber hasta morir por insolventes. Mientras, se reflejaban por última vez en los charcos que mojaron sus pies hasta ayer.

© pokit in a pocket 2004 "única función"

cuerdas

cuerdas

En el límite de uno de sus desvaríos provocados por la mezcla de alcohol y drogas, creyó ver lo que se esconde en los universos que desechamos con el simple acto de la elección; “ante dos puertas, al entrar por una, estamos exiliando el universo que se abre a la otra”, repetía siempre, y siempre con el énfasis del loco que roza la cordura.
Era una persona que no llevaba puesto el traje de su talla, le venían grandes los tiempos que vivía, grande el suelo que pisaba, pero pequeño el aire que requerían sus vuelos de vuelta e ida. Personalizaba el desdén por lo cotidianamente diario, y no era por religión, ni tan siquiera por vecindad, era por motivos íntimos que no dejaba a la vista de los demás.
Sus trabajos eran los trabajos que se evitan hasta en los tiempos en los que el paro encharca el suelo, más duro aún, del primer mundo que se cree la falacia de ser primer mundo. Había trabajado como taxista nocturno, cuando el toque de queda se imponía a partir de las seis de la tarde, y nadie podía salir de sus casas hasta la mañana siguiente. Fue vendedor ambulante de planes de futuro incierto, principalmente para quién los compraba, y hasta trabajó como marido, y digo bien cuando digo marido. Se casó con una mujer africana para facilitar su ciudadanía europea, aunque de aquel “amor” sólo nacieron seis mil euros como pago al amor que se ama por el nacionalismo sin banderas. En una borrachera memorable decidió, ante testigos igual de borrachos, abandonar la idea de trabajar por dinero, quería trabajar por afición a la ética del trabajo en sí. Para ello se preparó en los escabrosos gimnasios de los suburbios del bulbo raquídeo, en el plano inconsciente del ánimo por hacer las cosas bien, y comenzó a hablar en un correctísimo alemán. Pasaron los días, y no encontró razón para aquella búsqueda bizantina, y desistió.
Tuvo años en los que decidió enamorarse de la fatalidad, y esa fatalidad se llamaba, en un salto mortal más de los sublime, Esperanza.
Era una paradoja que una mujer que podría ser declarada como zona catastrófica, se llamase así, Esperanza. Con ella de mujer, y sin ella como fondo de todo, conoció que el amor más amante es el que permite mirar hacia otro lado cuando el dolor duele sólo con mirarlo. Los hospitales, las comisarías, las oficinas de personas con objetos perdidos, eran lugares de peregrinación casi diaria en una religión que veneraba el suicidio de la razón. El idilio terminó dormido, eternamente arropado bajo una sobredosis de necesidad por poder soñar antes de morir. Estaba claro que no eran buenos tiempos para la lírica de los tiempos...
Tras Esperanza, por fuerza, llego el abandono por todo, y de todo lo que no era el alimento que proporcionaba el hambre a la vida. Sus días se fueron acortando, como si sus mañanas fuesen más invierno, y encontró en los bolsillos de la memoria las pelusas de los momentos que dejó por vivir en la imposibilidad del ayer.
Ahora se empeña en soñar que un día conoció los besos que creyó suyos...

© pokit in a pocket 2004. “cuerdas”

intención

intención

Podría buscar una
brújula perdida en el Rastro,
para evitar doblar las esquinas
que doblan los desencuentros.
O pedir un lamento por bulerías,
para cuando se olvida
que de risa también se muere,
pero menos.
Podría desvirgar a la Cibeles
de su tiempo de piedra mojada,
y atasco de insulto y claxon.
Sería posible amar gratis
con el mundo por Montera,
y dejar que luego el amor
llegue hasta el Desengaño
cerrado de su puerta en el Sol.
Podría estafar a los banqueros ricos,
encarcelar a los jueces
en sus jurisprudencias,
o excomulgar al Capo Romano.
Podría tantas cosas,
pero sólo se me ocurre
camelarte bajo la noche,
hasta apagar las estrellas
con los suspiros que se inventan,
pensando, las caderas.

© pokit in a pocket 2004 “Intención”

distrito nirvana 2424

distrito nirvana 2424

vive de la edad arqueada del aire
en combustión

curvo
blanquecino
buscando la Inmolación prometida
cuando las palabras
significaron ser Palabra
cuando el Sol aún era indiviso

languidece el tiempo primigenio
surcando el semblante de la velocidad
breve
desdibujado tras la cortina de calor
que declara el infierno contra el cielo

ahora queda la distancia prohibida de las quejas
la Plenitud de la Masa Negra
que esconde la ausencia de lo absoluto

Andrómeda retorció su dolor
hace millones de años
antes de morir

cuesta creer que existieron las noches
alguna vez

© pokit in a pocket/ch.a.d.t. "distrito nirvana 2424"
Parnaso volumen 3. Especial ciencia ficción, fantasía y terror

ella y él

ella y él

Ella permanecía inmóvil en la memoria.
Él llevaba años esperándola en aquella habitación del hotel.

Ella confundió el sentido del tiempo bebiendo la noche en los besos del bar.
Él hipotecó el significado de la cordura para pagar el alquiler un mes más.

Ella se vestía con la desnudez franca de quien se sabe vestida de piel.
Él se desnudaba con la ausencia de una blusa desabrochada.

Ella quiso despegar las etiquetas de la vida.
Él no soportó el llegar a tener que soportar.

Ella quiso creer en la trilogía del dúo, y no pudo.
Él parafraseó a las tardes sin lluvia, y se mojó.

Ella volvió a la inmovilidad de la memoria.
Y él se hizo mueble en un cuarto de hotel.

© pokit in a pocket 2002 “ella y él”