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pokit in a pocket

un nuevo ritual - Nofret -

un nuevo ritual  - Nofret -

Ipy ha sido siempre una mujer exitosa. Ha cumplido cuarenta años (un logro muy poco común) y trajo al mundo a catorce hijos. Su cuerpo es fornido, sus partos fueron fáciles. Aún tiene dos hijos con vida (un varón y una mujer) y numerosos nietos. Siempre supo proporcionarse buenos y abundantes alimentos. Nació para triunfar.
Pero, últimamente, sus huesos comenzaron a dolerle y ha perdido agilidad. Los pocos dientes que le quedan le hacen difícil masticar, y ya le da miedo morder algo duro, porque varias veces se le ha quedado un diente clavado en un trozo de carne.
Ipy se ha apegado especialmente a su última hija y disfruta de su compañía; comparten la comida, juntan frutas, cazan liebres, atrapan peces en el río. Nunca se han separado desde que la niña nació, y su vínculo se ha ido fortaleciendo con los años. Si bien otros niños se apartan de sus madres en cuanto pueden valerse por sí mismos, borrando a sus progenitoras de sus memorias, la hija de Ipy encontró en su madre a su mejor compañera.
Pero hoy la jovencita ha amanecido a los gritos; Ipy intenta levantarla del sitio en que se halla tendida, pero la muchacha la rechaza y se convulsiona, retorciéndose. Su madre fija la vista en el vientre enorme de la niña de doce años, ve los espasmos, reconoce esos dolores; pero los gritos la ponen nerviosa y se aleja, buscando algo de calma. Se siente extraña. Toca su propio vientre, ya vacío desde hace algunos años, pero aún recuerda el dolor y lo que viene después.
Al final del día, se acerca a su hija esperando encontrar un bebé, pero no hay nada, y la niña continúa a los alaridos; tampoco acepta la comida que su madre le ofrece.
Dos días han pasado y, cada vez, Ipy comprende menos por qué no aparece el niño.
Al amanecer del tercer día, halla a su hija adormecida; por suerte, ya casi no se queja, pero no hay ningún bebé. ¿Dónde está? La madre se acerca a cada rato y, a medida que pasan las horas, su confusión aumenta, mientras la energía de su hija disminuye.
Finalmente, la halla profundamente dormida, con un niño entre sus piernas, aún atado a ella y rodeados por un charco de sangre. Ipy intenta cortar el cordón con los dientes, pero ya no tienen suficiente filo, así que usa una piedra cortante; luego coloca al bebé sobre el pecho de su hija, los arropa con el abrigo de piel de la niña y se va a dormir.
Al día siguiente, el llanto del niño retumba estridente. Pero algo extraño le sucede a la muchacha. Su madre la toca: está rígida como un trozo de madera. Se sobresalta, se queda mirándola por largo rato; siente algo horrible, aunque no sabe qué es.
Ipy toma al niño entre sus brazos, como tantas veces lo ha hecho con sus hijos, y lo acerca a su cuerpo, pero sus pechos ya estériles no pueden alimentarlo. Igualmente, continúa ofreciéndole su seno. El pequeño succiona con fruición hasta que, en vez de leche, brota sangre. El dolor la hace apartar a su nieto, pero continúa cargándolo sin saber qué hacer, mientras los llantos se hacen cada vez más fuertes.
Los restos de su hija han comenzado a oler. Tres hombres, el hijo de Ipy entre ellos, arrastran el cuerpo de la niña lejos del lugar. Ipy los sigue, llevando a su nieto entre sus brazos. Cavan un foso poco profundo y colocan en él el cuerpo hinchado, pero, antes de que alcancen a cubrirlo, Ipy toma una fruta de su bolsa de cuero y la coloca junto al cadáver, cerca de la boca. Los hombres la miran sin comprender, y terminan su trabajo.
El llanto del niño ha comenzado a debilitarse y su abuela se duerme junto a él. Al despertar, el niño ya no llora. Tampoco respira. Ipy lo carga y se adentra en el bosque, donde cava un pequeño foso y lo entierra, envuelto en el abrigo de su hija. Su hijo, curioso, la ha seguido y observa extrañado esta costumbre de su madre de colocar cosas útiles en los fosos de los muertos.
Ipy se siente enferma, aunque no le duele nada. Ya se ha sentido así antes, pero esta vez es peor. No sabe qué hacer consigo misma; va a buscar frutas, como solía hacer con su hija, pero el malestar aumenta. No se come el único fruto que encuentra, no tiene hambre. Se sienta en una piedra y se queda inmóvil, mirando al vacío.
Su hijo se sienta junto a ella, con un trozo de carne entre las manos; se lo muestra y la toma por la cadera, colocándose detrás de ella, como siempre ha hecho desde que dejó de ser un niño. Ipy se aleja. Su hijo insiste. Furiosa, lo rechaza con una contundente patada, no quiere aparearse ahora, no quiere nada. Su hijo le devuelve el golpe y se aleja a los gritos, llevándose la carne.
La temporada de frutas acaba de terminar, las liebres y los peces ya son demasiado rápidos para ella y su hijo no ha vuelto a acercársele para ofrecerle carne. La falta de alimento ha comenzado a consumirla, y la pérdida de fuerzas le hace cada vez más difícil conseguir sustento, sumiéndola en un círculo vicioso que, lentamente, va apagando su vida.
Desesperada por el hambre, un día quiere tomar un trozo de un animal que ha cazado un joven. La presa es grande y hay de sobra para él, su mujer de turno y ella. Ipy se acerca sigilosa a la pareja, tratando de pasar desapercibida. Arranca un pequeño trozo de carne e intenta correr, pero sus piernas ya no son lo bastante veloces y, antes de que logre alejarse, el muchacho le propina un fuerte golpe de puño en la cara y le quita el bocado. Él no lo sabe, pero acaba de golpear a su abuela. Dolorida y exhausta, Ipy se aleja de su nieto mayor, a quien ella tampoco reconoce, y se acurruca en un rincón apartada de los demás.
Allí pasa varios días, dormitando casi todo el tiempo, mientras su larga y productiva existencia va llegando a su fin. Una mañana, el olor de su cuerpo alerta al grupo. Su hijo y otros dos hombres arrastran el cadáver al bosque, hacen un pozo y lo colocan dentro. El hijo, en un impulso que no acaba de comprender, pone un hueso con carne junto a los restos de su madre. Los otros lo observan intrigados, y graban en sus memorias el nuevo y extraño ritual.
Terminado el entierro, los hombres comparten el producto de la caza del día anterior: una suculenta pierna de mamut.

© Nofret “Un nuevo ritual”

Muchas gracias por regalarme estas letras, Nofret, sos la mejor, Momia argentina.
Un beso
pokito/chus

ahí

Estás ahí, discreta,
sin protagonizar el aire vivo
que se ahoga en tu ausencia,
un aire que es más limpio
cuando se acuna en tu voz,
y mi silencio se atreve, tímido,
a cruzarse en la calma inquieta
que adormece tu mirada de distancias.
Me regalas la ilusión de un niño
en su último día de escuela,
esa que hace breve el tiempo
en la piel que nos juega,
mientras cierro los ojos,
y te sueño despierto
con el miedo dormido,
para poder volver a volverte a soñar.
Y te aprendo en mi primera elección
huérfana, de matemáticas exactas,
para restarme hasta la suma efímera
de resultado exacto en ti,
y fin, en uno “sintigo”, igual a mí.

© pokit in a pocket ch.a.d.t. “ahí”

olor a sabores

olor a sabores

He intentado superar la ausencia de su sexo,
escalar las montañas que me alejaban sin remedio
del monte preciso, que se riega con el agua de su sal,
y con los sabores hechos en el brillo de la urgencia.

He querido borrar su sudor de mi frente cansada,
escupirla con cada gota de saliva nueva, hasta ahogarla,
y secarme en la sed que su boca deja en la boca,
donde se agrietan las palabras que no supieron gritar.

He mentido a la verdad con su memoria incompleta,
y con mis manos, la he hecho ciega a mi realidad,
y en las formas oscuras de las soledades que la forman,
prefiero quedarme, para aprender a quererla olvidar.

He muerto, en vida, a la mañana de sus mañanas,
a los brazos que recuerdan que aún no es pecado abrazar,
he muerto a las calles por las que su puerta se abría eterna,
y he matado el tiempo que no la dejó terminar de llegar.

© pokit in a pocket “olor a sabores”

o pagamos, o nos cortan la luz

Ayer, antes de irme a dormir, así, sin previo aviso, supe que la Tierra se está oscureciendo, y no sólo cuando es por la noche. Parece que llenamos el aire con demasiada porquería, y ésta no deja pasar toda la luz que llega. Pero resulta que, si limpiamos el aire de tanta basura, y respiramos mejor, toda esa luz que no llegaba antes, llegará, y acelerará el recalentamiento global de la bolita azul ésta, que es nuestra tierra. Bueno, el caso es que parece que lo llevamos oscuro, o sea, casi negro, y que la solución no puede demorarse más de veinticinco años.
Anoche me fui a dormir muy contento...

© pokit in a pocket “o pagamos, o nos cortan la luz...”

remedios sin solución

Hacía tiempo que me había propuesto dejar de proponerme tantas cosas. Buscaba el remedio a una vida que siempre llegaba, cinco minutos tarde, a la propia vida. No crean que exigía grandes soluciones, ni tan siquiera medianas soluciones, sólo pedía una pequeña solución, y si me apuran, hasta una solución temporal habría bastado en esos días. Pero ya se sabe que cuando se espera, no suele ocurrir nada, o al menos no suele ocurrir lo que esperamos que suceda. Mi remedio no apareció por ninguna parte, yo creo que tampoco intentó aparecer. Con los años supe que había encontrado propuestas que destilaban más dinero, y se dedicó a solucionar los problemas de los barrios altos de la ciudad. Allí habitaban propuestas de estado, de consejos de dirección de banca, de multinacionales, en fin, que evidentemente eran propuestas más sustanciosas que la mía. La mía, simplemente, era proponerme no proponerme tantas cosas, y poder llegar a tiempo al sabor de unos labios, que desde su rojo lejano, lo último que dijeron fue: “adiós”.

© pokit in a pocket “Remedios sin solución”

e-vocación

En los lugares que ven sus ojos sin inviernos,
o en la danza de su cuerpo desnudo al viento,
yo me quiero quedar, casi eterno, y para siempre.
Convertirme en la vista que la ve de cerca,
cuando las tardes escriben su adiós de luz sin sol,
y acento naranja que dice sur, y escribe sur,
en el sur de cada cielo nuevo.
Quiero ser el agujero roto de sus bolsillos,
para perderme en el tiempo de su propio tiempo,
y guardar la humedad de su boca en mi boca,
para beberla luego, y vivirla por dentro,
cuando la sed quede más cerca,
de lo que me queda el recuerdo,
de todas sus formas en sombras por el suelo.

© pokit in a pocket “E-Vocación”

la línea de todo

la línea de todo

En la línea donde se mata el cielo a la tierra,
donde se encuentra la ingravidez de las miradas
que buscaron el horizonte de las respuestas,
allí, dicen, que se aprende a esperar el invierno.
Donde el mundo no grita los colores sin otoño,
sino que los susurra, como hace el aroma
cuando se impregna con la humildad de otra piel,
allí, dicen, que las manos saben de todos los tactos.
Tienen la seguridad de lo que no será seguro,
y la alimentan con la incertidumbre, y su principio,
en danzas tatuadas con respiraciones urgentes,
mezcladas boca a boca, para no dejar de respirar.
Allí la verdad no tiene que ser siempre lo cierto,
ni el mañana tiene comprado el ser hoy algún día,
allí sólo valen las prisas, sin tiempo para las prisas,
y la ola azul con plata, que se hace blanca, en su hola final.

© pokit in a pocket “la línea de todo”

noches raptando a la noche

noches raptando a la noche

Qué bueno es reír, y reírte,
y volver a mirarte a los ojos,
cuando descansan de tu sonrisa.
Son ojos que me cuentan
con antelación lo que quieren,
y me provocan a provocarte,
mientras cierras tras los párpados
las caricias, que te sueñan, breve.
No quiero la eternidad del tiempo
si me exilia de tus pechos,
ni las sentencias a vida muerta,
en el extrarradio de tus maneras.
Quiero las madrugadas despiertas
en tus caderas blancas,
de Luna llena,
y el sabor que sabe a ti dos veces,
y las palabras sin letras,
que sólo saben deletrearte plena.
No quiero mi todo si es tu nada,
ni la nada, si sólo lo mío es todo...

© pokit in a pocket “noches raptando a la noche”

¿el mundo se hizo un lunes?

Hoy es lunes de lunes, aunque parece martes, pero no sé por qué. Pasa que, aunque no lo sepamos, no estamos correctamente situados en el tiempo. Pensamos que sí, pero no es cierto. Si llevamos millones de años aquí, de una forma u otra, ya sea como organismo unicelular, ya sea como estamos ahora, cómo vamos a ser tan listos para saber el día exacto en el que se creó el mundo. Decimos que hoy es lunes, pero lo mismo es martes, porque nadie sabe en qué cayó el día que se creó el Mundo, si fue miércoles, o jueves, o incluso viernes.
Estaría bueno que llevásemos toda la vida trabajando los domingos, y no nos hayamos dado cuenta...

© pokit in a pocket. “¿el mundo se hizo un lunes?”

buscando salida

buscando salida

Tras la puerta se encontraba la muerte, silenciosa, a la espera de su momento para entrar en escena. Un engaño al mayor estafador le había llevado a aquella sucia habitación, un nuevo motel en el que intentar salvar un nuevo jaque, cada vez más mate, en el brillo del paso del tiempo. Sobre la mesilla de noche depositó una “Smith & Weason”, la única compañera que no le había traicionado en los últimos diez años. La vista recorría la habitación sin captar detalles, sus ojos se movían con los mismo movimientos mecánicos que mueve un tigre enjaulado, y las diminutas gotas de sudor tomaban, poco a poco, su lugar en la frente. Mientras la espera se imponía, tuvo un momento para recordar lo que se suponía que eran sus cosas, su gente, y se dio cuenta de lo solitaria que era la soledad. Encendió un cigarrillo, que mal apagó acto seguido, y con la sonrisa cínica de siempre, se incorporó de la cama, sacó de una pequeña bolsa de viaje, otra bolsa, más pequeña aún, de la que extrajo un paquete cuidadosamente envuelto. En él guardaba una jeringuilla de cristal, en la que se podían ver las iniciales de su nombre biseladas en letra gótica, aquel era uno más de los absurdos caprichos que habían poblado su días hasta la fecha. Una papelina de heroína, y unas ampollas de agua destilada, eran las compañeras de aquel cohete de cristal con rumbo al edén, que limitaba con su infierno íntimo, y la calma se disolvió destilando más calma por las venas del sueño.
Cuando despertó la noche ya había tomado el relevo al día, las manos mesaron el cabello, como si también necesitara de desperezarse, y un trago de bourbon alertó al resto del cuerpo de lo que estaba por llegar. Fue al cuarto de baño para mojar su cara, el calor estaba cada vez más presente, y la ausencia de la más mínima brisa, hacía que el bochorno quedase suspendido allá dónde uno quisiera ir. La ventana abierta no era remedio, y la cerró, corriendo las cortinas también. No quería que nadie, desde afuera, pudiera ver lo que sucedía entre aquellas cuatro paredes. Repasó las formas del revólver, unas curvas, y aristas, que conocía a la perfección, pero que no dejaba de memorizar cuando sabía que la vida dependía de la voz de aquélla amiga, con cíclope mirada negra. Recibió la visita de la filosofía que habita las situaciones límite, y pensó que podría llegar a ser una de esas hojas secas que viajan montadas en el viento de otoño, aunque supo de inmediato que su estación de destino era el final de una vía muerta.
El sonido de los pasos subiendo por la escalera fue el exilio de aquellos pensamientos, la mano dejó de acariciar el acero finiquito, y se dispuso en letal comunión, con las formas de las que ahora era lecho. Vio sombras a través de la rendija que separaba el suelo, del borde inferior de la puerta, eran dos, situadas una a cada lado, de aquella salida que cada vez era más una entrada a lo definitivo.
Tres manzanas más allá, un niño jugaba a ladrones y policías, antes de irse a dormir...

© pokit in a pocket ch.a.d.t. “Buscando salida”

construcción

Acércame hasta el límite
de donde soy, y dejo de ser,
para convertirme en tu cuento
contado, apenas, sin letras.
Véndeme el refugio de un verso
en el precio de mi ruina,
y mientras se exilian las horas,
desoigamos las correciones que gritan
para saltar las normas
que te vallan sin cerrarte.
Úngeme con el óleo final de tu principio,
que te cuenta perfecta,
para que sepa el tuétano de la vida
que la brevedad suele ser eterna,
cuando se instala en las afueras
de los países que tienen patria
más allá de tus fronteras.

© pokit in a pocket ch.a.d.t. 2005 “construcción”

gota

gota

Comienza a resbalar la gota por el cristal,
y no sabe que se deja la vida en él,
en la transparencia que esconde a la muerte
bajo la soledad plana de arena fundida en ola.
Deja su huella un rastro, que es memoria,
y brillos de serpiente sobre recuerdos mates,
en un camino que suda lágrimas de zafiro
hacia el seco final de su vida mojada.
La gota no se rebela ante su futuro cierto,
conoce que lo efímero es irremediable,
y su ambición no es otra que la de la levedad
con la que se sueña en la frontera del sueño.
No tiene tiempo para fijar su propio reflejo,
ni espacio donde guardar una última esperanza,
pero no deja de ser gota azul, transparente de blanca,
hasta que se hace aire eterno de nubes de cielo.

© pokit in a pocket “gota”

aceras nocturnas

aceras nocturnas

La luz se exilia
a la antigua oscuridad,
no quedan más
de tres montones de tierra
en un parque
de árboles futuros,
apenas a veinte
centímetros del suelo.
Cambian las sombras
de formas sin color,
no hay modos de mañanas
llegando tarde,
y las palabras dichas
significan más letras
de las que se escriben
en el espacio del aire.
La calle escucha los paseos
que la hacen calle,
mojada con la anaranjada luz
que tiñe la levedad
de una mano en la cintura,
cuando al final del todo,
está el principio de un comienzo.

© pokit in a pocket “aceras nocturnas”

destinos

Quisiera no tener entrañas
que me hipotecan,
ser capaz de quebrar
los cristales del tiempo,
antes de que el tiempo
se quiebre, insaciable, sobre mí.
Quisiera no pensar en,
tal vez, un mañana,
sin saber si será mañana,
poder borrar el futuro incierto
de los almanaques que recuerdan
el lugar exacto de lo que será,
y visitar el olor de los patios
que se visten cosidos de mayo.
Quisiera encontrarme preso
en la libertad de la risa de un niño,
o en la calma de los pasos firmes
que caminan a un caminante sin prisa
por encontrar, al final,
un rumbo fijo en los mapas.
Volver a escuchar, en silencio,
respirar a los árboles agradecidos
por las caricias que el viento
les regala en abril,
cuando en el sur del frío
comienza a ser vida la vida,
y las calles se desnudan
con la luz de los paseos
que se guardaron sin salir.

© pokit in a pocket “destinos”

brillos parlantes

brillos parlantes

Cuando las noches del cielo
no encuentran su luna,
y se aprieta dentro el alma,
como si el cuerpo creciese pequeño,
busco un sitio breve, y eterno,
donde guardar los cristales rotos
que reflejan, partidos,
los brillos parlantes de sueños.

No ocupan más espacio
que una sonrisa en la cara,
y su peso, es el peso,
del vuelo de una mosca,
pero importan tanto
como el silencio le importa
a las estrellas negras
que fabrican generales.

Ofician cultos sin oraciones,
alaban a dioses
que ya se marcharon,
mienten a las mentiras
con verdades de fecha caduca,
y se confiesan confesos
de no volverse a confesar.

Cuando en el cielo
la luna no tiene noches,
y las estrellas desfilan negras
por los hombros de un general,
busco un sitio, junto a otro sitio,
donde el silencio sea el ruido
que no se puede volver a gastar.

© pokit in a pocket “brillos parlantes”

a medias

a medias

Dame una calle que suba hasta el barrio
donde juegan los ojos que se buscan,
o una hora que no se gaste en el tiempo,
después de que ahora sea el recuerdo de ayer.
Dame el sabor que fabrica la noche
cuando susurra las formas que te forman,
o las palabras que debe decir el aire,
para que no hagan falta más letras
que las que nombran el nombre de la piel.
Dame un domingo que no caiga en lunes,
y la cama de un martes de gloria
en las vísperas de tus caderas,
y los meses serán años de dos días,
para que no se puedan volver a olvidar
en las arrugas de un número colgado a la pared.
Dame el pan de tu pecho, el mar tu boca,
deja que naufrague en las playas sin arena
que son el borde de tus costas,
o que sea la guerra en la paz de tu vientre,
y dejarán de ser noches los días,
y días sin noche, las noches en vela.

© pokit in a pocket “a medias”

copulando en cúpulas

copulando en cúpulas

En las cúpulas
que casi son cielos,
y con sombreros
que dejan pasar
el aire y las ideas,
copulan los muertos de risa
celebrando nuevas muertes,
o nuevas risas
asesinas de aburrimientos.
Son blasfemos,
provocadores,
ignorantes a la etiqueta
que cuelga con la marca
del precio de la sociedad,
tienen un mundo
muerto a la vida de los vivos,
que viven la vida
como almas en pena.

© pokit in a pocket “copulando en cúpulas”

apuesta

apuesta

Fue la razón la que le sugirió una apuesta
entre la inestabilidad de las sonrisas ciertas,
y la calma de las fechas inciertas a final de mes.
Construyó una balanza donde pesar el peso
del beso que perdería sin besárselo a nadie,
y destruyó los lastres que siempre son reglas,
cuando se intentan dejar de cumplir las reglas.
Escuchó los discursos que le soplaban las esquinas
desde las cuatro sombras de la habitación,
leyó los cuentos de la vida de los pisos del centro,
y comenzó a roerse el alma para llegar a conocer
el comienzo de aquella fábula a la que llamaron vida.
Tuvo que soportar el calor de la soledad,
el frío de la compañía desconocida de los rostros,
y aprendió a callar el silencio que es mejor no hablar.
Al final decidió a la fuerza por el empate a medias,
por seguir en aquel alambre de corte sin red,
y volvió a la mesa donde cada día sentaba los días
que le llevarían hasta el descanso de su día final.

© pokit in a pocket “apuesta”

como me toque la primitiva...

como me toque la primitiva...

Vagas, mis letras andan vagas, medio tiradas en algún lugar que no está cerca ni de las manos, ni del papel, ni de nada ni nadie que me conozca. Dios sabe dónde andarán. Tal vez escondidas tras las espalda de las ideas, o saboteándome las conexiones neuronales para que no lleguen las palabras a formarse, y así evitar ser maltratadas en frases de predicado sujeto al gancho de una luna, en el escaparate del cielo. Y el caso es que uno, dentro de sus muchas limitaciones, sabe que ahí andan rebeldes las condenadas, seguro que jactándose de verme sin dejarme escucharlas. Puede que esta orfandad de historias sea a causa de que ya se me terminó el chollo de vivir del cuento, y si es así, vaya poema.
Bueno, que mañana me voy a visitar al pobre willi, anda sin imagen, se ha debido ir de fiesta con mis letras, y anda ahí, medio sin ser. Yo al principio pensé en el Pulga, pensé que la habría vendido, porque el Pulga es majo, pero hasta que deja de serlo.
En fin, qué bonito está el Retiro en primavera, y qué bonito estaría con veinte mil bongoseros menos tras cada árbol, o cada piedra, o cada algo...

© pokit in a pocket “como me toque la primitiva” (que ni se ateva)

colores de paso a paso

colores de paso a paso

Se cansa el blanco de ser blanco sin ira,
y busca en el contraste del negro,
para decir lo que dicen que quiso decir alguna vez.

Se olvida el azul en las nubes del cielo,
y en el plomizo olvido de su espectro
se nombra con agua que suena a gabardina gris.

Se suaviza el rojo amplio para ser correcto,
y en la brevedad de su nuevo traje de corbata rosa
ya no hay costumbres de grasa ni de acero.

Se cambian los colores por ideas daltónicas
que se rompen a escondidas de la luz,
en los despachos que nunca entró la luz,
y las estaciones siguen suspendiendo curso
para repetir que se piensa negro este planeta azul.

Somos como una serpiente inmensa con patas
que cambia la piel a la ética estética de la vida,
y nos cansamos, y nos aburrimos, y nos olvidamos,
y no dejamos de ver sucio el suelo
que nos anda inmaculado de distancias a la alegría.

Nos queda la firmeza del olor mojado a tierra de marzo,
o la urgencia de la cigarra por anunciar agostos
cuando agosto aún es siesta que se ensoña con abril.

Nos queda todo lo que nos quedó por quedarnos,
y lo que ahora ya nadie se volverá a quedar.

© pokit in a pocket “colores de paso a paso”