Me gustan los sillones grandes, los sillones en los que puedes hacerte un ovillo, y dejar que los pies no toquen el suelo. Es el lugar donde mejor se pasa una tarde, de esas en las que todo llega tarde, sin ánimo de hacer otra cosa que no sea pasar la tarde. Cuando estás en él, en el sillón, puedes quedarte literalmente colgado de algún pensamiento, y a poco que entornas los ojos, ese pensamiento se toca con la suave frontera del sueño. Hay sillones que tienen por compañera de tarde una manta, pequeña o grande, pero es la manta del sillón. Por algún extraño designio aquella manta es algo así como la sábana santa, pero con cuadritos, y más de andar por casa, una pieza sagrada a la que no osamos sustituir por otra. Alguna vez que, por motivos extremos, hemos tenido que buscar el calor en los cuadros de otra, ni el sillón, ni nada, es lo mismo. Pesa más, o menos, tiene más pelos, o menos, es más grande, o más pequeña. En resumidas cuentas, no es la misma manta, y uno anda acostumbrado a abrazarla cuando se bebe el azul-naranja con el que el día corteja a la noche.
Hay sillones que no tienen mantas, ni patas para sujetar la euforia esa que deja el cansancio cuando se queda roto de perseguir tristezas. Hay gente para todo, pero sillones para muy pocos...
© pokit in a pocket sillón